lunes, 20 de julio de 2015

La paja en el ojo ajeno

Hoy vi esto en Facebook y pensé que es muy fácil apuntar con el dedo a personas que por su trabajo o historia son conocidas, en circunstancia que todos tenemos algo que esconder en el closet. ¿O es que los demás somos blancas palomas?

Sé que no se puede justificar a todos, pero esos cuatro hombres crecieron y se desarrollaron en otra época, y una cosa fundamental: sus hijos no estuvieron con ellos; Letelier, Tohá y Henríquez fueron brutalmente asesinados y Allende se suicidó en medio de la traición más vergonzosa de la historia reciente de nuestro país. El que lo niegue tiene claramente algo escondido en su armario.

Más se debiera cuestionar a los hijos y seguidores del tirano asesino de tanta gente que aún no recibe justicia.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Mi Protegido


Hace más de un año me percaté de que cerca de mi casa había un perrito que tenía hambre. Estaba muy flaco y con carita triste, y a pesar de que tenía dueños, a ellos parecía no importarles que anduviera así.

Comencé a darle comida a escondidas y de a poco comenzó a animarse, yo lo bauticé como “Protegido” aunque después supe que su nombre era Pascual, pero su nueva identidad siguió siendo usada por nosotros dos cuando iba por algo de comer. En el verano dejé cada día un baldecito con agua en mi vereda para que tuviera dónde refrescarse y cuando podía salir de su casa, iba de inmediato a la mía. A veces comía y se quedaba allí esperando, yo salía a abrazarlo y él se iba tranquilo.

Lo que más me gustaba de mi Protegido es que cuando me veía entrar al pasaje, corría a mi lado feliz y en su rostro tenía una expresión que decía: “Ella me quiere”, y los perros que observaban parecían presenciar la escena con envidia, era muy gracioso. Naturalmente esto último es una situación que mi imaginación ha adornado un poco, pero para nosotros era así.

Hace dos meses su dueño (a quien yo odiaba en silencio) se fue dejándolo solo en la casa, a los pocos días llegaron otras personas, quienes tenían un niñito de unos 5 años llamado Joaquín. Hablé con ellos y les conté que el perrito estaba muy descuidado, me dijeron que al parecer el dueño se lo llevaría con el tiempo. Con los días pude ver a Joaquín corriendo por la calle con mi Protegido, se reían ambos y él lo abrazaba con un inmenso cariño diciendo a todo el que quisiera escuchar: “Él es mi perro”.

El jueves pasado mi Protegido ya no estaba. Su antiguo propietario se lo llevó. Joaquín quedó devastado y yo llorando por él. Me cuestiono tanto su partida, y siento una rabia enorme por la certeza que tengo de que ahora andará hambriento de nuevo, sólo espero que alguien pueda ver en él a ese ser especial que conocí, y pueda tenderle aunque sea un pedacito de pan.

viernes, 7 de marzo de 2014

Ser Mujer


















Felicidad
Que te compren zapatos de charol con pulsera
Que te regalen diarios de vida
Que te enseñen a cantar
Que te pinten las uñas
Que un día inolvidable te compren un sostén
Que descubras que “te llegó”
Que comience a gustarte el rock
Que sepas que tu cuerpo es tuyo
Que sepas que tu vida es tuya, aunque cuesta tanto darse cuenta

Rabia
Que piensen que eres sólo una cara bonita/niña/mujer
Que se cuestionen si tus intereses van más allá del mero estudio
Que si tienes opinión, eres histérica
Que piensen que no tienes fuerza
Que siempre se haga un juicio de ti si estás disfrutando de la vida
Que te veas obligada a contestar en forma cortante cuando te tratan con condescendencia
Que para otros, nuestras arrugas o la panza nos perjudique. ¿Qué les importa?
Que tu sufrimiento no sea tomado en serio
Que tus iguales mayores te tomen como una amenaza
Que alguien, algún día llegue a pensar que no existes sin él/ella. Lo que es una soberana mentira

Dolor
Que te prevengan desde pequeña por si alguno de tus tíos quiere tocarte
Que (por lo anterior) siempre estén asustados en casa cuando no llegas
Que no puedas andar sola si es de noche
Que tu virginidad sea tomada como trofeo. Es tuya, de nadie más. Harás lo que quieras con ella
Que tu virginidad sea “obligatoria”
Que alguien te diga que no sirves/eres fea/eres tonta… y un largo etcétera
Que tengas que demostrar lo que eres, más que si fueras hombre
Que alguien se crea superior a ti

Felicidad II
Tener sobrinos
Tener a tus hijos
Oler a tus hijos
Escuchar reír a tus hijos
Contar historias a tus pequeños y que veas en sus ojitos el afán de aprender
Dejar de usar tacos porque te dio la gana
Que no te importen tus arrugas
Que puedas reírte a carcajadas de ti misma
Que disfrutes tanto ahora de lo que antes no conocías bien (a buen entendedor…)
Que puedas decir te quiero también a tus amigas y amigos
Que tus amigas (como las mías) sean incomparables

A mi mamá
A mi hermanita
A la mamá de mis sobrinos
A mis primas
A mi amada prima Mone
A mis tías, las amo a todas
A mi Jésica y mi Jéssica
A Tatiana y Claudia, las que siguen siendo siamesas en mi corazón
A Nolvia, Anita, Yenny y Rosita
A mis colegas choras Eliana y Alicia
A mis colegas lindas de todos los días


martes, 9 de julio de 2013

La Concepción

Hace mucho tiempo ya, cuando era niña, vi año a año cómo todos los alumnos que llegaban a 8º Básico hacían el Juramento a la Bandera, y sentía que ya hubiese querido ser “grande” para vivir ese solemne momento. Finalmente no tuve esa suerte porque justo el año que llegué a ese curso, ya no se hizo la ceremonia, pero recuerdo que en clases nos hablaban de la Bandera Chilena, de la Batalla de La Concepción, de Ignacio Carrera Pinto, Luis Cruz Martínez, Julio Montt Salamanca y Arturo Pérez Canto, los grandes héroes de esa gesta del 9 de julio de 1882.

¿Pero saben qué más recuerdo?, y perdonen la ignorancia… Lo que recuerdo es mi consternación al saber que la batalla de La Concepción no se libró en Chile como creí casi toda mi vida, sino que en Perú. Y sé que no he estado sola, porque cada vez que he preguntado a alguien dónde cree que se libró la batalla, me ha contestado que –obvio- en Concepción (Capital de la Región del Bio Bío- Chile)

Para terminar, quiero transcribir la respuesta que el Capitán Ignacio Carrera Pinto (descendiente de José Miguel Carrera) envió al Coronel Peruano Juan Gastó, cuando éste le pedía junto a casi 2.500 soldados, que los 77 chilenos se rindieran:

«En la capital de Chile, y en uno de sus principales paseos públicos, existe inmortalizada por el bronce la estatua del prócer de nuestra independencia, General don José Miguel Carrera, cuya misma sangre corre por mis venas, por cuya razón comprenderá usted que ni como chileno, ni como descendiente de aquél, deben intimidarme ni el número de sus tropas ni las amenazas de rigor».

Increíble. 


martes, 11 de junio de 2013

La Verdad

Leyendo hoy los dichos de un escritor inglés, quien fuera cuestionado por publicar una novela crítica a la figura de un ya fallecido líder espiritual, publico una frase de Voltaire, célebre escritor, historiador y filósofo francés:


"A los vivos les debemos respeto; pero a los muertos sólo les debemos la verdad".



lunes, 31 de diciembre de 2012

Mone



Hay una época que recuerdo con frío, soledad y desamparo.

Un tiempo en que la delgada cuerda que sostenía la vida de mi familia amenazaba con cortarse.

Un tiempo en el que mi papá no tenía control sobre su vida por causa del alcoholismo.

Un momento en el que mi mamá tampoco lo tenía, abrumada por la situación que tenía que vivir junto a él.

Había salido del liceo y sentía que no había futuro para mí, no podía estudiar por razones económicas, y menos trabajar porque teniendo 17 años parecía de 14.

Aquellos días, los noticieros nos abrían los ojos y queriéndolo o no, entramos al mundo terrible de ese pedazo de historia vergonzante que aún divide a mi país. Cada hecho que la pantalla mostraba, era como una espina que se clavaba en mí, y por mucho tiempo sentí que no me podría recuperar de tanto horror.

Recuerdo haber conocido a tanta gente ese año… gente que nunca he vuelto a ver, que no fue más que una brisa en mi vida porque ninguno de ellos permaneció en el tiempo.

Sentía que hubiera querido pedir ayuda, porque sentía que me hundía, desesperada y sola. Tenía la sensación de que no había forma de encontrar un camino.

Y ese momento que recuerdo como un infierno tenía algo dulcemente permanente, lo único cierto de aquel aciago año de 1990: mi prima Mónica.

Tenemos la misma edad, y la cercanía de nuestras madres que son hermanas, nos hizo tener un vínculo muy estrecho desde pequeñas, pasábamos mucho tiempo juntas en verano, íbamos a la playa con mis tíos, disfrutábamos con sus perros, nos contábamos cosas.

Y ese año triste ella estaba conmigo, nos veíamos todos los fines de semana, nos reíamos mucho estando juntas. Mis tíos pedían que nos durmiéramos de una vez, y nosotras como aves nocturnas, recorríamos todas las pequeñas historias que vivíamos durante los días anteriores. Cuánta alegría yo sentía estando a su lado. Estar con ella era lo que me salvaba de la soledad que sentía, me escuchaba con paciencia y aceptaba mis muchas locuras de aquel entonces con cariño.

Al año siguiente, me fui a estudiar y ella me siguió después, nos tocó vivir juntas y disfruté cada momento de su compañía, con mi desorden y su disposición, con mis manías y su mansedumbre, con nuestra alegría… qué momentos más bellos viví con ella. Son un tesoro para mí.

Hoy cuando las dos sobrepasamos las 4 décadas, nos llamamos varias veces por semana, seguimos contándonos lo que nos pasa, y disfrutamos riéndonos de nuestros hijos. Es delicioso para mí escuchar su voz, porque siempre ha estado y está para mi, en los días en que nos ha llovido y en los que el sol nos ha entregado felicidad.

Cómo podría vivir sin ti Mone... si toda la vida tu presencia ha sido mi compañera indeleble.


* En la foto aparecemos las dos de pequeñas en su casa, yo tomando mi cabeza.


martes, 27 de noviembre de 2012

Don Pedro





Era el año 1978, y tenía yo sólo 5 años cuando ingresé al 1º Básico de la Escuela Nº 51 “Naciones Unidas” de Puerto Montt. Moría de ganas por entrar al colegio y me sentí inmensamente feliz de verme en una sala de clases rodeada de otros niños.

Por otro lado, desde que aprendí a hablar, mis padres me enseñaron a cantar, por lo que mi alegría no tuvo límites cuando mi profesor se mostró como un hombre extremadamente cariñoso, amable y preocupado, y además: músico.

Don Pedro Nail era un hombre moreno que usaba bigote y sonreía todo el tiempo, así lo recuerdo… siempre contento. Canté todo el año con él y mis compañeros, ir a la escuela para mí era la gloria.

Siempre evoqué muchas cosas de ese año tan lejano, pero sin duda que el recuerdo que me marcó para el resto de mi vida y que me hace escribir hoy, comenzó un día de octubre, cuando él entró a la sala con una caja en la mano, era una caja pequeña y delgada, la abrió y nos mostró lo que contenía: un dominó de cartón. A los niños nos pareció ver un tesoro dentro de esa caja… ¿para quién sería? Nos dijo que ese regalo era para el niño que obtuviera el primer lugar en rendimiento. Yo quedé pasmada, porque no sabía que al final del año se premiaba al mejor alumno, pensé además que no sabía si tenía tantas notas buenas como para ganar el premio.

Pues bien, llegó el gran día en que se haría el acto de despedida del año, el que se realizaba en un salón que era utilizado como comedor todos los días, y que en su fondo tenía un pequeño escenario. Don Pedro me había preparado para acompañarme a cantar delante de todos los estudiantes y yo estaba extasiada porque además mi papá estaba conmigo.

Llevaba puesto un vestido celeste con flores blancas y zapatos de charol, recuerdo mis nervios al cantar… pero salió todo bien. De pronto mi papá me dijo: “Van a nombrar a los niños que obtuvieron mejor lugar” y escuchamos mi nombre… era el tercer lugar de entre todos mis compañeros. Subí al escenario y don Pedro entregó un regalo a la Directora, quien me lo entregó con una sonrisa. Bajé del escenario y fui hasta el fondo del salón a encontrarme con mi papá, cuando llegué me abrazó y me dijo ábrelo, es un chocolate parece…

Pero yo sabía que no era un chocolate.

Era tal mi convencimiento que no dudé en decirle “no es un chocolate, es un dominó”, mi papá me miró extrañado, y rompiendo el papel de regalo que tenía la imagen de Condorito en negro, blanco y naranja, lo vi: El Dominó.

Sé que el trato generoso y amable hacia un niño quedará para siempre en su memoria, lo sé porque ese hombre maravilloso me trató como si yo fuera la persona más importante del mundo, y nunca lo pude olvidar.

Al año siguiente Don Pedro tomó el nuevo 1º básico y nunca volvió a hacerme clases, por lo que al rememorar esta historia siento desde siempre una confusión de sentimientos: la dicha de haber pasado ese año maravilloso, y la soledad que sentí todos los años que vinieron después, simplemente pensaba que no era justo. Sólo una vez más volvimos a cantar juntos, yo ya cursaba en 6º básico cuando me enseñó la canción “El Andariego” de Patricio Manns, la que cantamos en algún recreo pero nunca en público.

Hace poco colgué mi certificado de 1º básico en una pared de mi casa, no está su nombre escrito allí pero sí su firma, es como en la intimidad quise darle un homenaje a Don Pedro. Días después, lo encontré después de muchos años, no sabía si reír o llorar, así que hice las dos cosas, su sonrisa y cariño eternos me transportó a esos primeros años, en que junto a él canté: “Estaba la Catalina, sentada junto a un laurel, sintiendo la frescura de la tarde al caer…”



jueves, 6 de septiembre de 2012

La más bella Princesa era para mí.


Los buenos recuerdos que guardo en mi mente son como boomerangs, permanentemente en movimiento y regresando al consciente que los disfruta.

En cambio, decir que los malos recuerdos son perdurables es una falacia en mi caso, porque la verdad es que son como globos que dan saltos y sólo por azar pueden volver a mi mente… la que los expulsa ipso-facto.

Pero hay un momento de mi existencia que hoy recuerdo y que marcó un antes y un después: el nacimiento de una personita que tuvo el título de Princesa desde ese 6 de septiembre lejano hace 28 años ya.

En ese tiempo yo tenía 12 años y mi hermano 10, la esperamos peleándonos él para que fuera hombre y yo para que fuera reina, y lo fue.

Recuerdo que literalmente enloquecimos de amor al verla por primera vez, tenía las uñas más lindas del universo conocido y aunque venía con su piel arrugadita, ambos habríamos asesinado –y a pausa- a cualquiera que hubiera dudado de su belleza.




Esa hermosa niñita salvó mi vida de la soledad que interiormente tenía y de la carencia de afecto que sentía, porque me dio más amor del que nadie antes pudo entregarme, así tan puro, tan claro y concreto. Yo me sentía inmensamente amada; ella me buscaba y yo la buscaba, ella quería mil besos míos que yo devolvía extasiada, ella pedía que todas las noches le cantara, por lo que todas las noches lo hacía, pasando de Luis Miguel a Los Prisioneros.

Con los años, el vínculo se hizo cada vez más fuerte pero las demostraciones de cariño más distantes, hasta que hace un par de semanas, sobrecogidas las dos por un hecho que nos tomó por sorpresa, caminamos entrelazadas de la mano. Ese hecho tan natural en otra época y que no nos conectaba hace tantos años, generó un milagro: el vertiginoso viaje a mi adolescencia cuando yo tomaba esa manito para salir a comprar, las dos maquilladas de violeta en los ojos. Ella se dejaba embellecer con el ritual completo, y yo disfrutaba tanto de verla sintiéndose como lo que era: una princesa de cuentos que dejaba boquiabiertos a los que nos veían caminar.

Tras 28 años que se cumplen hoy, sólo puedo decir que la amo profundamente, que adoro su risa y sus comentarios ingeniosos, que es mi hermanita para siempre: mi princesa.



domingo, 2 de septiembre de 2012

jueves, 23 de agosto de 2012

Una pasión indescriptible


He leído -alborozada- un texto de Guillermo Cabrera Infante, escritor y guionista cubano que tal parece, comparte gran parte de su genética conmigo, transcribo su inspirada reseña: 

Offenbach

Aparición de

Jaime Diego Jacobo Yago Santiago Offenbach llegó a nuestra vida, sin todos esos nombres, hace exactamente seis años, sin previsión y de repente, como los milagros. Sucedió que un día fui a ver a un amigo, a quien yo visitaba a menudo, y allí estaba, imprevisto, imprevisible, Offenbach, entonces un largo gato flaco y blanco que se subía por las cortinas y casi trepaba las paredes para luego venir a mi regazo, de un salto inaudito, comenzó a hacer los más extraños ruidos oídos jamás por mí: así debían cantar las sirenas. Al otro día llevé a Anita y a Carolita, mis dos hijas, a que lo conocieran. También iba Miriam Gómez. (Aquí tengo que hacer un paréntesis deshonroso: es necesario decir que Miriam Gómez siempre quiso, ya desde Cuba, tener un gato siamés y que yo, que había tenido de niño toda clase de pets, desde cernícalos hasta una jutía, que es como una rata gigante y herbívora de los campos de Cuba, yo siempre había sentido un innato disgusto contra los gatos, y me negué a tener uno, siempre.) Offenbach, que aún no era Offenbach, tenía solamente dos meses de nacido.

Conquista de… unos y otros

A la semana de haber conocido a Offenbach la novia de mi amigo viajaba a Gibraltar y ellos no tenían quien se ocupara del gato. Decidimos todos que viniera a casa por esas dos semanas. (Para completar la ocasión fausta, a mi amigo se le había declarado una fuerte alergia nasal producida por… ¡el pelo de gato!)

La conquista fue rápida y mutua: Offenbach había encontrado su hogar definitivo, el sitio a que estaba destinado, y nosotros habíamos encontrado al gato pródigo. De más está decir que cuando su dueña entre comillas regresó de Gibraltar ya no era la dueña: ella misma se encargó de decir que habíamos nacido el uno para los otros, y viceversa. Offenbach, por mutuo consenso, se quedaría a vivir en casa.

El porqué de un nombre
Todos preguntan por qué Offenbach se llama Offenbach y cuando digo por qué nadie quiere creerlo. Sucede que en los primeros días Offenbach solía cantar. A veces lo hacía a las dos de la mañana y su canto era tan poco melodioso que ofendía a Bach.

Ruidos raros

También a medianoche Offenbach solía visitar nuestra cama para hacer los más raros ruidos. Al principio creímos que se sentía solo o mal y la mejor manera de calmarlo era pasarle la mano por el lomo. Pero esto sólo hacía aumentar los ruidos raros, hasta que supimos que eran ronroneos de felicidad y contento.

Offenbach cambia de casa

Hay una vieja regla inglesa que declara a los gatos más amantes del lugar que de sus dueños, y así hay miles de gatos abandonados en toda Inglaterra, simplemente porque sus dueños cambiaron de casa y decidieron dejar el gato detrás. Con Offenbach ocurrió todo lo contrario: él entró primero que nadie en la nueva casa y pronto estaba tan feliz, más feliz, que sus dueños: no era la primera, ni sería la última regla que Offenbach rompería.

¿Nadie es dueño de un gato?

Siempre había leído y oído decir que nadie es verdaderamente dueño de un gato, que se trata de una asociación libre que el gato puede romper cuando menos se lo espere y desaparecer para no volver jamás. No ocurre así con los siameses, a los que algunos llaman los gatos-perros, aunque en su nativa Siam eran llamados los gatos-monos. Offenbach es un siamés con puntos de lila.

Pedigree de
Offenbach es el único inglés de esta casa y aunque él se siente mejor al calor del sol, raro en Londres, sus padres y sus abuelos nacieron en Inglaterra. Fue por casualidad que supimos su pedigree: para nosotros Offenbach podía ser un gato de callejón y todavía ser el centro de la casa: nosotros también somos egipcios. Pero sucedió que un día nos vimos forzados a castrarlo –los siameses son criaturas eminentemente sexuales– para terminar con sus celos que lo torturaban y nos perturbaban. Seguimos la indicación de un veterinario, famoso porque escribe libros sobre gatos y perros, a cuya consulta asistimos.

Al llegar a la consulta y ver el veterinario a Offenbach nos preguntó si teníamos su pedigree. Los siameses con puntos de lila son una creación de los criadores ingleses y más raros que el siamés corriente, ese que tiene manchas de café en la cabeza y en las patas y en la cola. Nosotros ni sabíamos ni nos interesaba el pedigree de Offenbach. El veterinario nos preguntó a quién pertenecían sus padres y sólo pudimos decir quién nos lo había regalado, que a su vez lo había recibido de un cantante de pop. El veterinario consultó su memoria y pronto supimos que Offenbach era nieto de una gata propiedad de George Harrison, el músico Beatle. Pero todavía hay más: había una enfermedad de la realeza, como la hemofilia rusa. Offenbach era nieto de un gato de nombre impronunciable que había pasado a toda su progenie una enfermedad fatal del páncreas. Así supimos que todos los hermanos y primos de Offenbach estaban muertos, atacados de repente y por vómitos incoercibles. Offenbach había pasado el periodo peligroso y ahora está vivo solamente porque todas sus comidas llevan polvo de páncreas y no hace más que dos comidas al día, aunque él se las arregla para estirarla a tres. (Más más adelante.)

Como antes, mejor que antes
La castración no afectó a Offenbach más que en su relación con las gatas. En sus relaciones con nosotros si acaso se hizo más afectuoso y mimado. Ahora bien, Offenbach nunca ha abandonado la casa. Excepto por dos veces que se cayó de una ventana trasera abierta al verano al patio de abajo, lo que nos hizo recorrer todos los patios de la vecindad hasta acceder al patio indicado y encontrarlo más aterrado que aventurero.

Offenbach y los gatos
Offenbach jamás ha conocido la relación con otro gato y siempre se ha negado a reconocerse como tal: él se cree de veras un ser humano y, aunque esta creencia es siempre fatal para los animales, su comportamiento es tan humano que Miriam Gómez lo llamó un día “un gato animado”, recordando los gatos de Walt Disney et al.

Una vez un pintor amigo nos hizo atravesar Londres hasta Hampstead para que Offenbach conociera su gata siamesa, Zuzu. Todo iba bien por el camino (Offenbach no teme subir a un auto, solamente subir a un taxi, recordando tal vez que éste es el vehículo en que lo llevamos al veterinario, donde siempre ha sufrido heridas y pinchazos), pero, no bien llegamos a la casa, se engrifó, comenzó a escupir y se quedó aterrado en un rincón. Ver a la gata para él fue como para nosotros ver el demonio encarnado. Al regreso a la casa, Offenbach vomitó y defecó en el pasillo, como para demostrarnos físicamente su malestar espiritual.

A veces Offenbach añora las aventuras de los gatos que se ven por la ventana que da al patio, pero es una añoranza lejana, como si esos gatos fueran héroes de leyendas borrosas.

Un día ocurrió la confrontación inevitable. Compramos un espejo, que vino cuidadosamente envuelto. Curioso como todos los gatos, Offenbach quiso ver lo que contenía el paquete. Desempaquetamos, pues, el espejo que quedaba apoyado en el suelo a su altura y, no bien se vio, quedó fascinado con el espejo, tanto que le dio la vuelta, buscando su imagen que desaparecía en los bordes. Finalmente se enfermó ese día: tal vez acababa de reconocerse como gato. Lo cierto es que el espejo, que está en un extremo del pasillo, a la altura humana, aparece a menudo manchado en su parte inferior, con huellas que parecen de una nariz húmeda o de un lengüetazo. ¿Se habrá enamorado Offenbach, otro Narciso, de su imagen en el espejo?

El tercer gato
El tercer encentro de Offenbach con otro gato ocurrió un día que se apareció en la vecindad (el barrio está poblado por las más variadas especies gatunas) un gatico negro y joven, al que pusimos por nombre Blackie. Blackie era el gato más inteligente que hemos conocido y dio prueba de ello de una manera decisiva.

Blackie había visto a Offenbach sentado en mi mesa-escritorio y pegado a la ventana trasera, y ya desde abajo le intrigó este gato blanco y distante. Pronto atravesó todos los patios aledaños, salió a la calle de al lado, dio la vuelta a media manzana, seleccionó nuestra puerta entre tantas otras en la cuadra y vino a pararse en la ventana delantera, sentado en el poyo. (¡Ese periplo de Blackie es solamente comparable al de un ser humano entrando en un laberinto y encontrando la salida ipso facto!)

Hicimos entrar a Blackie, el pobre, tan amistoso como era, pero Offenbach lo rechazó violentamente y por primera y única vez en su vida atacó a Miriam Gómez que lo tenía cargado. Desde entonces, para dejar entrar a Blackie en la casa y darle de comer, había que encerrar a Offenbach en un cuarto primero.

Desgraciadamente, los días de Blackie en este mundo fueron pocos. Adoptado por una vecina, quien le había comprado un collar contra las pulgas, amaneció un día muerto, atropellado por un auto la madrugada anterior.

Aspecto de
La primera impresión que causa Offenbach es la de ser un gato extraño. Inmediatamente esta impresión es sustituida por la apreciación de su extraordinaria belleza. Largo y flaco, Offenbach tiene una cabeza pequeña y triangular y dominada por sus grandes ojos azules, hechos aún más azules por las manchas color lila que tiene en las orejas y el hocico. El resto del cuerpo es delgado y fuerte con una piel de raros tonos beige o, a veces, rosa pálido, que se vuelve morada en el rabo largo. Pero muchos días Offenbach amanece nevado y todo ese día es un gato color de hielo. Otras veces su tono beige se hace más oscuro y se vuelve como de caramelo, de algodón de azúcar fresa, de chocolate con leche, variando de hora en hora.

Offenbach es sumamente afectado y consciente de la tremenda impresión que produce su primera aparición. Así, camina poniendo una pata delantera delante de la otra, para parecerse a Marlene Dietrich en sus mejores tiempos, mientras la parte trasera de su cuerpo se mueve con el ritmo de un pugilista o de un cowboy del cine. Esta aparición hermafrodita causa asombro en quienes lo ven por vez primera y no han visto todavía su trote de tigre o su andar cauteloso de pantera en acecho, mientras embosca a su juguete preferido: una tapa de corcho o una bolita de papel. (Aquí habría que hablar de los juguetes de Offenbach, de cómo ha rechazado ratones de plástico animados para volver a sus viejos corchos o cómo, de un solo viaje, destroza un león de peluche y se lo come –de hecho se tragó medio león un día y estuvimos una semana esperando su muerte inminente, pero echó la mitad del león como se la había comido, con su centro de alambre saliente pero sin lastimarlo, milagrosamente.)

Offenbach y las hierofanías
Offenbach tiene un lugar reservado en la cocina para su comida, en un plato doble de plástico amarillo, colocado sobre un doyle de goma. Allí está también su platillo para la leche, un jarro con agua y, a veces, su vasija para las vitaminas B de adulto, que devora de tres en tres cada mañana.

Miriam Gómez, por su parte, ha colocado sobre mi buró una hierofanía: una copa de agua para los muertos de la familia, especialmente para mi madre. Desde el primer día que Offenbach la vio, decidió que la copa de agua era para él beber y dejó de beber en el jarro que tiene en su rincón para venir a saciar la sed encima de mi mesa de trabajo. Desde entonces se le incorporó al ritual, y no es raro ver a Offenbach venir y beber sobre mi mesa mientras escribo. No hay mejor compañía para la soledad del escritor de larga distancia.

El lenguaje de
Offenbach se comunica con nosotros con algo más que maullidos. Su repertorio de sonidos forma un lenguaje peculiar al que el oído adiestrado busca y encuentra significados.

Brrr es un ronroneo de placer y de contento.

Burrr es el ronroneo alargado hasta una forma de protesta: no hay que seguir acariciándolo, o se le debe acariciar en otra parte del cuerpo.

Miau es el saludo de por la mañana. Una especie de buenos días que Offenbach nunca deja de dar.

Miauuu es para pedir algo: desde la comida hasta que se le abra una ventana y sentir el olor del jardín.

Miuu es siempre una advertencia: significa que él está presente y por tanto se le puede pisar o, lo que es peor, pasar por alto.

Miu es un simple saludo a cualquier hora del día.

Miawou es el saludo a quienes regresan a la casa. Es también una forma de queja: ha estado demasiado tiempo solo.

Mia miau es una exigencia: la comida que se retrasa o alguien no quiere cargarlo o cederle un asiento.

Miau simple pero seguido o precedido de un bostezo, es soberano aburrimiento: no hay que olvidar que Offenbach es un purasangre y toda actitud en él es francamente soberana: no pide, exige.

Miaourrru es cuando quiere jugar.

Rorroua es siempre un rugido: un atavismo de la selva o rezagos del macho que todavía hay en él.

Hay muchas más entonaciones del maullido, pero se quedan para otro tratado: el lenguaje animal al nivel humano.

Otras voces, otros hábitos

Offenbach tiene un más amplio registro de voces, es solamente mi pobre transcripción que la limita.

Offenbach es tuerto. Es decir, no tiene visión –y con todo es imperfecta– más que en un ojo. Este defecto lo ha hecho, entre otras cosas, adoptar la costumbre de saludar, a quien llega a la casa por primera vez o después de mucho tiempo de no venir, subiéndose al regazo del visitante y acercando su nariz hasta la nariz del recién llegado. Es una forma especial de su saludo, pero pocos saben comprenderla.

Otro hábito de Offenbach es hacerse el centro de atención. Así en una reunión él busca siempre la sección de oro del grupo y allí, donde convergen todas las líneas de atención, se sienta él, adoptando a veces la pose de la “gallina empollando”, que es sentarse con todas las patas debajo del cuerpo y hacerse una compacta bola de pelos. Otra manera de atraer la atención cuando ésta es monopolizada por un periódico, por ejemplo, es venir a sentarse precisamente sobre la noticia que está uno leyendo. Cómo consigue tal precisión, es uno de sus misterios. Otro misterio suyo es saber, como él lo sabe, quién viene a la casa. Aunque vivimos en la planta baja de un edificio de cuatro pisos, donde entra y sale mucha gente, Offenbach sabe siempre cuándo es Miriam Gómez o Carolita, por ejemplo, quienes vienen, y aunque ha estado semidormido hasta ahora va corriendo a la puerta del apartamento a saludar a quien llega. Este alarde de presencia se hace particularmente agudo cuando se acercan las cuatro de la tarde, hora de la comida. Entonces Offenbach espera el regreso de Carolita de la escuela o acosa a Miriam Gómez por toda la casa para obtener su cena rápidamente.

Siempre se acerca él a la puerta a saludar a quien llega, después que la puerta se ha abierto –excepto cuando se trata del limpiador de ventanas, de quien corre a esconderse debajo de la cama, reptando hasta ocultarse del todo y sin salir de allí hasta que se va el limpiaventanas–. ¿Qué ocurrió entre Offenbach y el limpiador de ventanas? Nadie lo sabe. Este misterio se hace más espeso cuando digo que antes eran dos los limpiaventanas y llegaban con su escalera ambulante especial y terminada en punta. Pensamos que tal vez Offenbach le tenía miedo a esta escalera extraña, tan diferente a la escalera propia, donde él se sube el primero cuando la abrimos por cualquier motivo. Pero luego vinieron otros limpiadores sin escalera, y su miedo era igualmente pánico. Ahora es otra persona el limpiaventanas, un muchacho como de unos veinticinco años: a él también le tiene terror Offenbach. Quizás un día desvelemos el espeso misterio: ¿trauma infantil?, ¿atavismo?, ¿reacción pavloviana? Tal vez ni Pavlov, ni Freud, ni siquiera Lorenz, puedan explicar este comportamiento: Offenbach nos tiene acostumbrados a más de una muestra de conducta desusada en un gato. He aquí unas pocas.

Cuando alguien llega a la casa de visita y se queda solo en una habitación, Offenbach nunca se va de allí hasta que volvemos a la reunión. Nosotros bromeamos que el él nuestro gato-policía pero hay más que una broma en su comportamiento. Como hay más que una broma en su costumbre de no dejarme trabajar tarde en la noche, como yo acostumbraba, y el hábito gemelo de despertarme con un maullido particular a las nueve de cada mañana. O su extraordinaria habilidad para abrir puertas. O su peculiar sentido del humor. Sabido es que los gatos son animales sin humor, que se toman terriblemente en serio y que no soportan, como los perros, las bromas. Offenbach no es menos gato que los demás a este respecto, lo que sí es curioso es verlo gastándonos bromas. Para mí él tiene reservada una particularmente apropiada. Cada tarde, después del almuerzo, yo me siento a leer los periódicos y revistas en una silla en la sala. Ésta es mi silla. Todos los saben, incluso Offenbach. Pero en sus días jocosos no es raro verlo correr hacia la silla en cuanto me ve terminar de almorzar y encaminarme hacia ella para sentarse antes que yo. Su broma se continúa por su completa posesión del mueble, agarrado a sus travesaños como un náufrago a una balsa. Si intento levantarlo tendría que levantar la silla junto con Offenbach. La broma culmina siempre con la llegada providencial de Miriam Gómez que me conmina por todos los medios a dejar a Offenbach ocupar mi lugar: su diversión favorita.

Otra costumbre favorita de Offenbach es ocupar mi silla de trabajo. Ésta queda trabada debajo de la mesa de manera que más parece una gaveta que una silla: muchas veces cuando yo vengo a trabajar me encuentro la “gaveta” ocupada. Tengo entonces que cargar a Offenbach como si fuera un niño y depositarlo junto a la calefacción y debajo de mi mesa y además convencerlo con palabras ad hoc de que no debe irse: nadie comprende, hasta que tiene uno, la extrema susceptibilidad de los gatos.

Offenbach hace una tercera comida al día: ésta es la comida compartida con nosotros su familia. Pocos minutos antes de la hora de la cena él se sube a la mesa y sentado hierático espera que se sirva la comida. Casi nunca dice nada, excepto por un leve bostezo de aburrimiento cuando a veces la comida tarda demasiado. Cuando la mesa está servida, él mira sentado uno a uno a los comensales, todavía esperando. Offenbach espera ser alimentado de lo que comamos nosotros y, aunque rechaza toda carne que no sea conejo en su comida de por la tarde y pescado en la de por la mañana, él acepta comer de lo que comamos: pollo, carne de vaca, ternera, cordero, puerco, etc., etc. Muchas veces ha llegado a comer de la salsa preparada por Miriam Gómez y otras veces ha comido hasta papa y arroz, para desmentir a los que creen que los gatos no pueden ser vegetarianos: Offenbach, en la mesa, se muestra omnívoro. Es más, su amor por la comida compartida lo ha llevado hasta comer de nuestros postres: una hazaña increíble para todos los que saben que los gatos detestan el dulce, ya que sus papilas gustativas rechazan el sabor dulce tanto como las nuestras rechazan el sabor amargo. A veces, cuando la comida es totalmente vegetariana, Miriam Gómez le prepara a Offenbach un platillo con crema de leche, que él bebe sobre la mesa. Siempre que prueba de nuestra comida, va de comensal en comensal pidiendo silencioso, sin jamás mendigar, como haría un perro. Cuando ha probado de todos los platos, se baja de la mesa tan silencioso y rápido como subió a ella. Lo más curioso es saber que Offenbach sube a la mesa por las tardes, ya que al medio día siempre almorzamos ligero: una sopa, un sándwich, una tortilla: comidas todas que no tienen el menor interés para él. Su momento malo en la mesa llega cuando tenemos visita a comer: hay que encerrarlo en un cuarto hasta que esté terminada la cena. Es entonces que sale y se refugia en cualquier rincón, lejos de los seres humanos que lo han ofendido relegándolo a su ostracismo.

Offenbach y el universo
Alguen me preguntaba una vez cómo había afectado mi vida la llegada de Offenbach. Dije o creo que dije que mi vida se podía dividir en antes y después de Offenbach. Lo mismo ocurre con la llegada de mi mujer, Miriam Gómez, a mi vida, o de mis hijas. Pero estos últimos son cambios previsibles. El cambio con la llegada de Offenbach fue totalmente inesperado: yo estaba dispuesto a tolerar un gato en la casa, pero nunca imaginé una asociación tan intensa como la que hemos trabado Offenbach y yo. Mi amor por esas doce libras de pelo, garras y ojos azules llega a dividir los visitantes a mi casa en dos categorías: los que admiran y los que desdeñan, aunque sea levemente, a Offenbach. Los primeros se convierten ipso facto en amigos a pesar de que su incidencia sea tan mínima como la de un técnico desconocido que viene a arreglar la televisión. Los segundos pasan a ser cuestionados en seguida, aun después de años de amistad intensa. Para mí el mundo se ha dividido en dos clases de personas: las que aman a los gatos y las otras. Las otras personas no saben lo que se pierden con no tener relaciones con un gato. A estas últimas les recomiendo adoptar un gato desde ya y, de ser posible, adoptar un siamés, que son a los gatos lo que los perros satos a los otros: los que más dan pidiendo menos.

A través de Offenbach he podido entender el mundo animal de nuevo, que estaba vedado para mí desde que me hice adulto y los problemas humanos vinieron a abrumarme y a hacerme olvidar la sencilla vida animal, sus ciclos vitales y su ausencia de agonía: lo contrario de la agónica vida del único animal que sabe que d muere.

Offenbach es un animal feliz: sus exigencias son bien pocas y, aparte de una comida en la mañana y otra al final de la tarde, no exige otra cosa que lo que él mismo da a granel: cariño, una mano pasada por la cabeza y el lomo, una cepillada ocasional: atención. Pero a pesar de su humanización y de su reclusión hogareña, la vida de Offenbach está atemperada a los ciclos animales y universales: él y el cosmos son la misma cosa, y el gran abismo creado por la conciencia humana es franqueado por Offenbach todos los días con una sencillez admirable: el estoicismo animal es tan natural como la respiración.

¿Todo Offenbach?
Releo lo escrito hasta aquí y me abruma su inanidad: la incapacidad de mi escritura para atrapar la esencia de lo que es Offenbach. Quizás algunas anécdotas puedan si no llenar por lo menos rodear ese vacío.

Un día Néstor Almendros vino a Londres y, como estaban los hoteles llenos, se quedó a dormir en casa. A media noche se despertó soñando que lo devoraba un tigre –y al despertar de la pesadilla se encontró con la cabeza de Offenbach que, sentado sobre su pecho, lo miraba dormir.

A Offenbach le gustan las escaleras, recuerdos tal vez de sus antepasados en las selvas siamesas. No hay para él mayor placer que Miriam Gómez saque la escalera de mano para alcanzar algún objeto del desván: en cuanto la abre, allí está Offenbach, salido de la nada, subendo el primero los escalones como un trapecista ebrio.

Offenbach tiene un colmillo partido. Esto le ocurrió al tener un accidente de caza con una ventana: velaba allí unas palomas a las que Miriam Gómez había echado comida en el poyo y, después de muchos asedios y emboscadas, saltó Offenbach sobre la imagen de la paloma más cercana a través del cristal límpido, contra el que dio de boca, partiéndose un colmillo. Desde entonces se le conoce en la casa como el Jefe Colmillo Frágil.

La curiosidad de Offenbach no tiene límites animales: basta que alguno de nosotros se pare frente a las ventanas que dan a la calle, para ver a Offenbach, detrás y abajo, tratando de mirar lo que miramos por todos los medios, llegando a maullar para que lo carguen o a subirse sobre el televisor y alargando el cuello mirar él también lo que miramos.

Un día llegó a la casa la bella G. Ch., de visita breve, y Offenbach, tal vez reconociéndola, extremó su caminado a la Dietrich para emerger de la sala al estudio y para flechar para siempre a la visita: lo mismo hace con cada visitante receptivo a los gatos.

Ver lavarse a Offenbach es una muestra de elegancia suma. A veces adopta poses tan desusadas –una pata trasera extendida y agarrada por las dos patas delanteras, mientras con la otra pata debajo de sí guarda un equilibrio tan precario como elegante–. Verlo es creer que él sabe que ofrece un espectáculo inusitado: la pose natural imposible de alcanzar por el ser humano más afectado.

Ver comer a Offenbach o tomar agua es otro deleite: no puede haber mayor finura en actos tan animales. Su lengua sube y baja desde el agua con una regularidad metronómica, y, al comer, muerde gentilmente la carne y la engulle poco a poco, apenas masticada por sus débiles dientes.

Offenbach es un espectáculo digno de verse hasta durmiendo, sobre todo dormido. Los días de sol él se regala con la luz y el calor, estirando una pata hacia delante mientras coloca sobre ella la cabeza a manera de almohada. Los días fríos se recoge como una gallina empollando junto a uno de los radiadores convirtiéndose en una verdadera bola de pelos, nada más que la cabeza saliendo de entre su abrigo natural. Otras veces coge de almohada los más disímiles objetos: el cable del teléfono, la pata del radiador, el suelo mismo, mientras su cuerpo descansa sobre un cojín. Otras veces…, pero basta.

¿Es esto todo Offenbach? No: ni siquiera he comenzado.



La foto de este post es la imagen de la más bella "Neina" de mi casa, mi gatita Luz.


Desigualdad

Por muchos años y al igual que muchos, me mantuve ajena a la realidad que me rodeaba y que, sumida en mis cosas no podía ver. Hoy, cuand...